En un patio andino de Ecuador, una mujer enciende el sahumerio. El humo espeso le cubre el rostro y, al mismo tiempo, limpia la casa: agradece a la tierra, pide protección y equilibrio. Entre plantas y pared encalada, lo cotidiano se vuelve rito. En blanco y negro, el gesto queda suspendido: el camino se abre con humo y memoria.